Pilar (relato policial)

Minutos de lectura: 9

Suena el transmisor, las interferencias en sus oídos son ya una extensión de sí mismo una vez se enfunda su arma.

⁃ 07 a x-1; les tocó esta vez.

⁃ Adelante, contesta uno de los dos.

El comunicado es corto, conciso y claro, como de costumbre. “-Diríjanse a Calle Miami 27, tercero. Una anciana se ha caído de su cama y necesita de su ayuda-”.

No hace falta más.

No son superhéroes, ni se lo creen, simplemente funcionarios con uniforme al servicio del ciudadano. Nada más ni nada menos.

Llegan al lugar, el piso ya de momento huele a rancio; las paredes, en el mejor de los casos se encuentran medio derruidas; y oscuridad, mucha oscuridad.

No le gustaría vivir allí, piensa para sí el agente más joven.

⁃ Qué piso era?-.

⁃ Tercero-.Contesta el veterano.

Les toca subir los altos escalones con premura. No hay ascensor, menuda novedad. Cada minuto para ellos es eso, un minuto, apenas insignificante, para aquella mujer, no menos que un siglo.

Llegan a la puerta de la casa, allí esperaba floja como un flan su cuidadora; mujer joven, de tez oscura, cristalizada esta en aquel momento por el correr de sus lágrimas.

No domina mucho el idioma, y los nervios tampoco ayudan demasiado, así que decide usar un lenguaje más universal y señala la ubicación del dormitorio de su señora.

Comparadas las paredes de la casa con las de la fachada del piso, estas últimas estaban en perfecto estado.

<No me gustaría vivir aquí>, volvió a pensar para sí el agente mas joven.

No le gustaría vivir allí, cierto, pero menos le iba a gustar abrir aquella puerta y cruzar el umbral de la misma.

Ya se escuchaban algunos sollozos antes de llegar incluso al pasillo.

Un llanto mezclado con agonía, dolor y sentimiento, mucho sentimiento, que hizo erizar cada vello de su nuca.

Su habitación respondía con sintonía al resto de la casa.

Oscura, lúgubre, de techos altos y paredes resquebrajadas, con un olor fuerte a orina, y a algo más maloliente que no sabia aún que era. Pronto lo sabría.

Cruzaron la puerta. Allí yacía la mujer, desparramada en el frío y sucio suelo. El joven agente se fijó en su larga melena cana, un rostro blanco y arrugado pero que denotaba su belleza otrora.

<Que mal huele aquí, desde cuando no limpiarán esto? > pensó, como siempre, para sí el más joven.

Pero se dio cuenta enseguida de que no provenía de la habitación aquel hedor.

La pobre anciana yacía sobre sus propias deposiciones, tanto líquidas como sólidas.

No pudo evitar las ganas de vomitar, pero sí consiguió evitar echar fuera el poco alimento que llevaba en el cuerpo aquella mañana.

Tragó aire y mantuvo la calma pensando que era un agente de la ley, y que se le predisponía una cierta actitud ante esas situaciones.

Rápidamente pidieron a la cuidadora que preparara el baño, ella no parecía entender y contemplaba pálida entre llantos y zozobra la escena desde la puerta. De repente, salió corriendo, sin decir nada.

Mientras tanto, los agentes intentaron calmar a la mujer. Los llantos y los gemidos acabaron tan pronto en cuánto se acercaron lo suficiente.

La anciana apenas veía bien y vivía ya casi en la oscuridad perpetua. Apenas unos visos de luz a la hora en la que el sol entraba con mas fuerza por los grandes ventanales de su semiderruido hogar.

Pero a ellos los vio, o mejor dicho, los intuyó, no precisamente por el buen desempeño de sus viejos y cansados ojos. Pero los había llamado, ella sabía que vendrían, nunca le fallaron, en su larga vida; nunca.

Sus ojos brillaban como diamantes, grandes ojos azules con una evidente capa transparente efecto de su avanzada edad.

-Agentes?-. Preguntó la anciana, sin apenas ver y palpando el aire con sus caducas manos arrugadas.

-Si, señora, estamos aquí. Venimos a ayudarla. Cálmese-.

Ella río.

Entre ambos, y sin dudarlo ni un segundo la cogieron en peso y la llevaron al baño sin demora.

Su decrépito físico sorprendió al joven agente. No había visto algo así antes.

Costó introducirla en la pequeña bañera de aquel baño, pero consiguieron meterla con cuidado, sin dañar a la mujer. El agente más veterano demostraba haber pasado por situaciones parecidas en más de una y más de dos ocasiones. Actuaba con una normalidad impresionante, nada le afectaba. El joven agente se sorprendía de aquello.

Él era un manojo de nervios, tenía ganas de vomitar y no se podía sacar de la cabeza los largos pechos de la vieja que colgaban y se balanceaban como pesados péndulos de un lado a otro.

La limpiaron lo mejor que pudieron entre los tres y una vez limpia la devolvieron a la cama.

Ya acostada, ella se soltó, y empezó a hablar. Le fallaba la vista, las fuerzas y otras muchas cosas, pero la cabeza, a sus 87 años, le funcionaba como un reloj.

Ella sonreía, lo hacía desde que pronunció la palabra agentes, hace ya un buen rato.

-Mi marido era policía saben? Como vosotros, aunque el vestía de gris-. Parecía que empezaba a trasladarse a algún sitio lejano de su mente.

-Ah si? Buen hombre debió de ser su marido-.Respondió el veterano.

El joven observaba, aprendía, o al menos lo intentaba. Creía que la intervención estaba por terminar, todo estaba controlado ya. Iluso él.

La señora volvió a coger el timón de la conversación.

-Si, un gran hombre-. Aquella sonrisa, que no se había borrado hasta ahora, pasó a desaparecer, mutó a un apretón de labios.

-Se fue hace 2 años sabes?-. Las lágrimas volvieron a asomar con fuerza por sus débiles y ancianos ojos. Después de una pausa continúo. Lo siguiente que diría sorprendió al joven, pero más aún le sorprendió a este ver el semblante se su compañero, al que imaginaba un bloque de hielo, deshacerse mientras la anciana acababa su relato.

-Sé que a la gente no soléis caerle demasiado bien, pero es porque solo ven la parte mala de los policías, si es que la hay. No se dan cuenta de lo que hacéis, de lo que tenéis que aguantar, de que alguna o muchas veces en vuestra carrera os tendréis que jugar la vida, bien para defender a otro o bien para intentar defenderos vosotros de gente mala a la que tenéis que perseguir y encerrar para que los demás, gente como yo podamos vivir más tranquilos. Eso nadie lo ve, pero sí que ven a personas malas; robando, abusando de otras, y lo único que hacen es cruzar la calle para evitar ser ellos los atacados. El ser humano da asco. Aquí solo vale el sálvase quien pueda. Me da mucha pena. Sé a lo que estáis expuestos, yo sí, siempre estuve orgullosa del desinteresado sentimiento de ayudar a cualquiera que lo necesitara que poseía mi marido. Lo amaba por aquello. Estoy deseando volver con él. Gracias por esto. Gracias-.

Volvió a callar. Las lágrimas brotaban del rostro del curtido agente, despacio y pocas, pero lo hacían. Aquella mujer logró algo que nadie había conseguido con aquel agente. Lo desmoronó en su interior.

Se limpió las lágrimas de manera rápida, pero dejando claro que ella había conseguido tocarle el corazón, no sentía vergüenza, para nada.

-Muchas gracias señora, nunca había escuchado algo así. Cuánta razón. No lo olvidaré jamás. Gracias a usted-. Respondió él.

Ella sonrió, besó la mano del agente, que no había soltado en ningún momento y cerró sus grandes ojos azules.

-Dejémosla descansar- dijo el veterano. El joven asintió y ambos abandonaron la estancia.

En el salón se encontraba la cuidadora, llorando a mares, desconsolada. No entendían nada.

-Señora, esta bien? Que le pasa?-.

La cuidadora, alzó la vista, miró a la habitación de su señora y se rompió en mil pedazos. La quería, o eso parecía.

<Esta mujer está loca>, pensó el joven agente.

Pero su compañero no pensaba igual. Algo no cuadraba, volvió a la habitación como un rayo. Sus dedos temblorosos no atinaban en la yugular de la mujer, no le encontraba el pulso. Imposible, no estaba haciéndolo bien, pensaba. Seguía buscando. Nada.

-Pide un ambulancia- vociferó. El joven agente no entendía nada, pero obedeció.

Registró con la mirada la estancia en busca de algo que explicara la desgracia. No encontró más que decepción y vacío. Salió al salón, preguntó enérgicamente a la cuidadora. La mujer no podía enlazar frase ninguna. Era una pérdida de tiempo. Se fue a la cocina, y allí vio algo que le heló los huesos, lo paralizó, lo destrozó.

Un bote de pastillas descansaba sobre la pequeña y ya trabajada encimera; vacío, volcado hacia un lado. “Pentobarbital”, leyó en su etiqueta. Sabía de oídas de aquel fármaco, letal donde los hubiera. Aquella mujer sabía perfectamente lo que se hacía, pensó. Todo mal.

<Pero si quería morir porque llamar a la policía?>, dudaba. No le encontraba el sentido.

<Quizás la asistenta?>. No, eso sí que no tenía sentido. Él ya sabía que no. Sabía que ella quiso irse, pero no entendía el por qué. Pronto lo descubriría.

No podía moverse, las piernas no le respondían, el corazón le iba a mil o lo tenía parado, no sabía. Se terminó calmando.

La ambulancia llegó, sí, pero tarde.

Todo parecía desvanecerse a su alrededor. La vida, por momentos, parecía perder su valor.

Fueron los últimos en salir, ya nada quedaba tras ellos, o eso pensaban.

La cuidadora agarró con fuerza el brazo derecho del veterano agente.

Él se giro, se miraron. Ella le extendió la mano, en ella sujetaba algo, parecía una carta.

-Ella quería dar carta tú-. Dijo a su manera la cuidadora. No dominaba el idioma pero la entendió.

Cogió la carta y empezó a leer. Su joven compañero esperaba junto a él. Tenía intriga de que decía aquella carta. Observó a su compañero, su rostro. A cada segundo su compañero parecía desmoronarse poco a poco hasta que una lágrima cayó sobre la carta. La medio cerró y se la dio al joven.

La abrió con cuidado, su caligrafía era algo rota, pero fácilmente legible.

Empezó a leerla en voz alta:

<No os conozco pero os conoceré. No me conocéis pero no me olvidaréis. Gracias por todo. Gracias por limpiarme, por bañarme, por acostarme y por escucharme. Gracias por acompañarme tan de cerca en estos últimos momentos míos antes de ir a un sitio mejor. No sufráis por mí. Yo me voy feliz, contenta y con ilusión de volver con mi marido y mi hijo. Ya nada me retiene aquí. Vivo sola veinte horas al día, no salgo de casa, no tengo amigas, no me queda nada ni nadie. Solo quiero ir en paz, sin sufrir, en busca de lo que necesito. Nadie me echará de menos en este mundo, pero sí hay gente que lo hace en otro. No sufran agentes, me voy alegre. Gracias de nuevo por hacerme sentir cómoda, arropada y querida sin conocerme de nada. Estoy nerviosa y mañana tendré miedo, menos mal que nunca me habéis fallado y sé que me acompañareis hasta mi último aliento. Que Dios los bendiga. Pilar>.

Él tampoco pudo evitar las lágrimas, era joven, pero aquello le llegó al corazón. <Que mujer más extraordinaria pensó>. Pero una duda le invadió por dentro y la escupió casi sin pensar.

-Cómo sabia Pilar que la limpiaríamos, bañaríamos y todo lo de la carta? Parece brujería-. Miró atento a su compañero, teniendo la certeza de que era imposible que pudiera darle una explicación a aquello. Eso pensaba pero le brindó la mayor enseñanza de su carrera.

-Porque confiaba. Ella creía ciegamente en su policía- sentenció.

Y ambos marcharon, orgullosos de ser agentes de policía.

Si habéis llegado hasta aquí y lo habéis leído entero sinceramente gracias. No me cansaré de decir que los pequeños gestos ayudan muchísimo y son eternamente de agradecer.

Por favor, valoraría enormemente cualquier opinión sobre esta lectura. Si has gastado 10 minutos en leerlo, te animo a que escribas algún comentario de lo que te ha parecido. Sería de agradecer muchísimo.

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Po

Publicado por Sandro Rodríguez

Policía Local en la ciudad de Melilla. Escritor de pequeños relatos y actualmente dando forma a mi primera novela. Gracias a todos por molestaros en pasar por aquí. Facebook: Sandro Rodríguez García Twitter: Sandro_1988 Instagram: Sandro_melilla

10 comentarios sobre “Pilar (relato policial)

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