Santiago (covid-19)

Minutos de lectura: 5

– Venga mamá, que son las 8 menos cinco ya!- comenta Julia, una niña de apenas 9 años asomada a su ventana junto a su padre y su hermano pequeño Fran. Ambos juguetean con las banderitas de España que sus padres le han regalado para estos días.

– Va, va-. Contesta la madre aparentemente sensible. No puede contener la emoción cuando se acerca la hora de asomarse a la calle.

Como cada día, a eso de las 8 de la tarde, millones de españoles salimos a nuestras ventanas en busca de algo de oxígeno limpio con el que inflar nuestros pulmones cansados de llenarse del mismo aire confinado de nuestros hogares.

De buscar más allá del límite de nuestras casas un rayo de esperanza para que esta pesadilla acabe cuanto antes. De homenajear a nuestros sanitarios, policías, y a cualquier colectivo que sin apenas escudo se enfrenta día a día y cara a cara a este malnacido virus.

Desde lejos, aún sin verlos ya saben que se acercan.

Las sirenas retumban por toda la ciudad, por todos los barrios de España. Cientos de luces: azules, rojas, verdes, blancas. Cualquiera es buena para alejarnos momentáneamente de la espantosa realidad en la que nos encontramos.

-Mamá, papá, por ahí vienen-. Grita el chiquillo entusiasmado.

Apenas entiende el significado de aquel movimiento, pero si algo ha aprendido en este mes de encierro es a agradecer con aplausos y disfrutar junto a sus padres del mejor momento del día.

El padre, Juan, aplaude como si la misma vida le fuera en ello. La madre, Elvira, por el contrario nunca puede evitar derramar lágrimas de la emoción. Cada tarde parece un dejavú de la anterior. Ella solo ruega en sus adentros día tras día para que todo acabe por fin.

El barrio se tiñe de azul y blanco, parpadeante. Una fiesta acompañada con música que en otros momentos podía significar que una desgracia estaba ocurriendo, pero que siendo las 8 y con España en sus balcones solo significaba una cosa:

Aplaudir, ondear sus banderitas y gritar Viva España! una y otra vez mientras dure aquel concierto de sirenas de emergencia.

Sirenas y luces por doquier y algún que otro mensaje de aliento desde los coches patrullas que llegan a oídos de nuestros vecinos como canela en rama.

Un movimiento que nació para agradecer a nuestros sanitarios y darles lo poco que podemos ofrecerles desde casa en la guerra que tienen que librar día tras día con las manos prácticamente desnudas se ha convertido en un movimiento unitario de lucha. Eso no podrán quitárnoslo.

Todos juntos contra este enemigo común que no entiende de razas ni de ideologias, que asesina a nuestros seres más queridos. Que tristemente mueren solos, abandonados a su suerte. Inmerecidamente postrados en una cama barata de hospital privados de sus familias y seres queridos.

Sentenciados a morir entre cuatro mugrientas paredes todavía adornadas con gotelé y rodeados de desconocidos que a falta de familia de sangre se han convertido en la única familia de la que poder despedirse triste y trágicamente de esta vida, unas veces injusta, otras veces cruel.

Santiago, debatiéndose entre la vida y la muerte en un box de UCI con un respirador ayudándole a aferrarse a la vida piensa en su hija Elvira, en sus nietos: la inteligente Julia y el travieso de Fran. Son aquellos recuerdos los que lo mantienen con ganas de luchar.

Lucha diaria, sin cuartel, cada día es un pequeño infierno del que no acaba de ver la luz. Santiago se rinde, porque desgraciadamente no puede más, ni siquiera su familia puede darle más fuerzas desde sus pequeñas y lejanas ventanas. Llora, no los tiene cerca, no los vera nunca más.

Nunca hubiera imaginado acabar así. Entre sabanas malolientes, mamparas de plástico para aislarlo de su improvisada y circunstancial familia que día tras día le preguntan como se encuentra. No podía imaginar morir sin su familia rodeándole, solo se pedía aquello.

Poder morir alrededor de su familia. Cómo dios manda, de justicia merecida para un buen marido, un buen padre y un buen abuelo, pero no.

Morirá mas solo que una vela.

A día de hoy son mas de 10.000, sí, 10.000. 10.000 españoles muriendo solos, en sus camas de hospital luchando por vencer al Covid-19 o peor aún, muriendo en sus residencias unos tras otros sin que apenas nadie se de cuenta.

No voy a decir que tenemos lo qué nos merecemos.

No lo diré por respeto a todos aquellos que luchan y mueren contra esta pandemia. Pero España, o mejor dicho, aquellos que alzan su mano para jurar lealtad a la constitución mientras que con la otra esconden un puñal asesino para poder apuñalarla por la espalda como los cobardes que son, nos están sumiendo en la más terrorífica de las experiencias.

No se trata de diferenciar entre azules, rojos, verdes o morados. Se trata de buscar culpables, porque los hay. Alguien tiene que pagar y responder ante este incuantificable daño que nos ha dejado petrificados, congelados, sin aire, sin alma, viendo como cada día mueren un millar de compañeros. SOMOS EL PAIS MÁS CASTIGADO POR EL VIRUS, y aún veo a gente dándose golpes en el pecho y autoreconociéndose los salvadores de este país.

Por mi os podéis ir a daros un buen paseo. No tengáis prisa en volver. Y cuando lo hagáis solo deseo que sea un juez quién os de vuestra justa y merecida bienvenida.

Si lo habéis leído entero primeramente gracias. Más abajo podéis encontrar tanto el apartado para poder comentar que os parece, algo que agradezco de corazón. También encontrareis otra entrada que animo a que leíais si tenéis tiempo.

Muchas gracias.

Publicado por Sandro Rodríguez

Policía Local en la ciudad de Melilla. Escritor de pequeños relatos y actualmente dando forma a mi primera novela. Gracias a todos por molestaros en pasar por aquí. Facebook: Sandro Rodríguez García Twitter: Sandro_1988 Instagram: Sandro_melilla

11 comentarios sobre “Santiago (covid-19)

  1. Enhorabuena , me ha impresionado lo que escribes y como lo haces ,desconocía esa faceta tuya .,sigue haciéndolo así se percibe mucho sentimiento y mucho corazon.
    Felicidades.

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  2. Me alegra poder conocer esta faceta tuya, consigues transmitir tú emoción y expones algo que esta muy presente entre la sociedad. Es tu propia perspectiva de esta experiencia que vivimos todos, pero que no todos la vemos de la misma forma.
    Gracias por tu aportación hermano. 😘

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  3. Vaya relato Sandro, me he quedado rota. Cuanta verdad y que dolor tan grande..que pena de nuestros mayores, toda una vida de lucha para terminar de esta forma tan cruel. No hay perdón para el que pudo y no hizo, no lo hay. Y tienen que pagar por ello. Enhorabuena y fue un placer leerte aunque.duela en el alma.

    Le gusta a 1 persona

    1. K tal Elo? Pues si, es una pena, porque no hay derecho. Era inevitable, pero si se podría haber hecho muchísimo más. Una desgracia. Muchas gracias por molestarte en leerlo y mas aun por escribir un comentario, se agradece mucho. Cuídate 😘

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