María (violencia de género)

Minutos de lectura: 10.

-María, bajo al bar un rato. Ya vendré después-. Juan cierra la puerta tras de sí.

-Vale cariño-. María mira su reloj y observa que son las 6 de la tarde. Su marido tardará en volver algunas horas. Siente miedo, como siempre que su marido va al bar.

Aprovecha para poner una lavadora con la ropa de su marido. Otras cosas no, pero con aquello era muy escrupuloso, no perdonaría como si nada un error en aquel menester.

Le da tiempo a ducharse, pero lo hace de manera rápida y por encima. La bombona está a media carga, y a ojos de su marido siempre parece ser la responsable cuando la bombona dice basta.

“Te gusta mucho pavonearte en la bañera, a partir de ahora solo te duchas, y rapidito, no me deslomo para que luego te creas que estás en un spá”. Este tipo de comentarios son el pan de cada día en la vida de María.

Si algún día quiso o estuvo enamorada de su marido, fue hace mucho tiempo.

No espera a su marido para cenar. Cuando sale al bar no suele llegar tan temprano, y aunque sabe que no cenará cuando vuelva siempre le deja algo preparado. Siempre es bueno ser precavida.

Cena junto a su hijo. Lo observa masticar con la mente en otra parte.

-Cariño, cómo se come?-. La madre sabe que lo sabe, pero se lo quiere escuchar.

-Con la boca cerrada mami-. Martin tiene 5 años, y aún está perfeccionando su hablar. Es tan gracioso escucharlo…

María mira de reojo el reloj de la cocina. Son ya las 9, es hora de terminar y bañar a su hijo. 

-Vamos Martin, hora del baño. Deja eso y ve a prepararte, enseguida voy.

Martín salta de la silla y va corriendo a su habitación. Prepara su muda y su pijama para cuando salga de la bañera. Le encanta el día del baño.

María aprovecha para lavar los platos mientras se llena la bañera.

-Ya estoy mama, y la bañera también!- su hijo la reclama desde el baño.

-Voy-. María se seca las manos y deja los platos escurriéndose en el fregadero.

Su hijo lo espera dentro de la bañera, no ha podido resistirse.

-Qué te he dicho de meterte en la bañera tú solo?- Su madre intenta ponerse seria, pero con aquel diablillo le es imposible. 

Si no fuera por él, no sabría si querer seguir viviendo. En una vida infernal, Martín era la única luz que iluminaba su oscura y tortuosa vida.

Lo acuesta en su camita y le lee su cuento favorito como casi todos los días.

-Otra vez Caperucita?-. Su mamá lo mira con una risita.

-Si mami, me gusta Caperucita, el lobo no, el lobo malo. Pero cómo siempre gana Caperucita, me gusta mucho mami. Cuéntamelo porfi-. Martín tenía una mirada que enamoraba a cualquiera. Con su madre lo tenía aún más fácil.

-Está bien-. A María no le quedaba otra que complacerle. 

En todo lo que pudiera, en cualquier circunstancia, lugar o momento, le daría lo que en su mano estuviera. Su vida era Martín y eso nadie lo iba a cambiar.

El niño apenas aguanta unas páginas. 

Martín duerme, ella lo mira atenta. Ve lo débil que es, que aún es su cachorro y alguna lágrima se pasea por su rostro.

Ella se limpia y sale del cuarto no sin antes plantarle un beso cariñoso en la boquita de su hijo.

Termina de limpiar la casa entera. Su marido no se fijará en nada, pero a precavida no le iba a ganar nadie.

Juan entraría dando tumbos directamente a la cama y se echaría encima de ella a consumar el matrimonio casi sin mediar palabra.

Gracias a dios, eran apenas unos pocos segundos.

Si en algún momento le gustaba yacer con su marido, fue hace ya demasiado tiempo. 

“Las 10…” piensa para sí. Empieza a acelerarse el pulso y a subirle la tensión.

Era una hora importante para ella, antes de esa hora podía esperar que Juan atravesara la puerta medio en condiciones y sin apenas peligro para ella.

Si no llegaba antes de las 10 y media, ya llegaría pasadas las 12.

Eso solo significaba una cosa: problemas.

“Las 11…”

Ya no lo esperará más. Se lava los dientes y se mete en la cama. Reza todo lo que sabe.

Llegados a este punto, solo hay dos escenarios posible.

Uno, que llegara con más ganas de tomarla casi por la fuerza que de discutir. Algo que ella prefería mil veces. Al fin y al cabo eran apenas unos segundos de aguantarlo encima suya.

La peste a alcohol y a tabaco entrándole por todos sus orificios y a tan poca distancia era repugnante, pero aquello era mucho mejor que el segundo escenario. 

El segundo escenario normalmente sucedía cuando tenía  un mal día en el trabajo y además se pasaba con los whiskies en el bar. En este hipotético y cruel escenario solía tener más ganas de discutir que de poseerla.

Aquel escenario la ponía con el corazón en la boca. Cómo norma general, 9 de cada diez veces que llegaba después de las 12 tenía lugar el primer escenario. Unos segundos y el día acababa bien.

Asqueroso, pero soportable.

El problema venía cuando se cumplia la vez de diez; el segundo escenario.

En este escenario había días malos y días peores.

No saber qué escenario iba a producirse la ponía de los nervios. Intentaba dormir algo, pero era claramente imposible.

Suena la cerradura de la casa. Juan abre la puerta.

Ella solo reza por no escucharlo y que venga directo al dormitorio.

-María!!-. Se escucha a Juan desde la cocina.

“Problemas” piensa ella.

Llegados a este momento solo espera que el día fuera de los malos y no de los peores. Hacía demasiado poco que fue uno de los segundos, aún no estaba recuperada.

-Si Cariño. Dime-. Decide aguantar en la habitación, no pierde la esperanza de convencerlo de que venga al dormitorio y se olvide de las batallas que tiene ganas de librar.

-Dónde está mi puta cena?- Cada vez habla más alto.

Menos mal que María pecó de precavida.

-En el microondas cariño-. Sigue sin perder la esperanza, y reza todo lo que sabe con el corazón a punto de escupirlo por su boca.

Aún hay esperanzas de no llegar al segundo escenario.

-Menuda mierda de cena. Esto no se lo come ni un perro. Ven aquí ahora mismo-. Juan empieza a perder los nervios. Era un hombre fuerte y no era inteligente dejar que los nervios se apoderaran de él.

“Dios, que hoy no sea mucho” implora para sí misma.

Da un salto de la cama para ir rápido a la cocina.

-Mami…-. Martín se ha despertado y está en el umbral de su habitación con mucho miedo.

Ella se acerca rápido, como un rayo.

-Voy Juan, que Martín se ha despertado. Cariño, vete a la cama y no abras la puerta. Vale? Promételo-. Su madre tiembla como un flan.

El niño asiente y se va a su cama. 

María se levanta y cierra la puerta de Martín antes de irse a la guerra. 

Llega a la cocina. Las cosas no pintan bien. Ella se prepara, se pone rígida como un palo.

-Esta qué basura es?- Juan la espera sentado en la mesa con el plato delante.

Ella tiembla, más que nunca, será porque todavía está malherida, o porque está al límite de sus fuerzas, no sabe.

-Tortilla de patatas con un filete Juan, si te gusta-. Había elegido una comida que le gustara a Juan, siempre lo hacía, por lo que pudiera pasar.

-Esto está frío joder! No me deslomo para llegar a mi casa y que mi mujer me prepare comida congelada-. El ya sabía qué quería… y no era cenar.

-Si, claro, esto te lo caliento yo en un…-.

Juan lanza el plato al suelo de un manotazo. Trozos de cerámica por todos lados que perfectamente podrían simbolizarla a ella misma. Una mujer rota en mil pedazos, sin posibilidad de arreglarse, al menos no de quedar igual que antes.

-Lo que me estás calentando son los cojones. Recoge esa mierda que me has hecho-. Juan se enciende un cigarrillo mientras espera a que su mujer se agache a recoger lo que él ha destrozado.

-Si Juan, claro. Lo siento mucho, todo es culpa mía-. Aún no pierde la esperanza de salir indemne de está.

María empieza a recoger rápido los trozos de cerámica que hay por todos lados.

De repente nota algo en su cabeza que la arranca de su sueño de salir sin un rasguño.

“Se acabó” piensa inconscientemente.

-Pues claro que todo es culpa tuya. Me has jodido la vida desde que te conozco!!-. Los gritos empezaron a ser los protagonistas de la conversación, al menos por parte de Juan. A ella no se le ocurriría alzar la voz.

Solo queda rezar para que hoy no fuese demasiado.

La levanta de los pelos y le arrea un guantazo, que la hace volar.

Casi da las gracias de que se lo haya dado con la mano abierta.

Empieza a llorar y a pedir que pare. Aquello rara vez funciona, pero es lo único que a veces da resultado.

Resistirse era mucho peor.

Un golpe, otro, otro más. La lleva a rastras hacia el salón y la vuelve a levantar de su cabellera. Otro guantazo más. Van cinco, de momento solo es un mal día, queda mucho para considerarlo un “peor día”.

Ella se hace un ovillo subida en el sofá, y se cubre todo lo mejor que puede mientras solloza y le pide que pare una y otra vez.

Otro golpe más, y otro, en alguno puede sentir los nudillos clavarse en su piel.

“No Dios, por favor, los nudillos no” implora a quién sea.

-Mami…-. Martín lo observa todo desde la puerta del salón. Llorando y con su osito de peluche Toby agarrado con su diminuta mano le pide a su padre que no haga llorar más a mamá.

Juan mira hacia atrás y lo ve. Y lejos de darle lástima le recrimina su valentía.

-Tu madre no te ha dicho que te quedaras en tu cuarto y no salieras? Puto niño. Ven que te voy a enseñar modales-. Suelta la cabellera de su mujer con muchos cabellos enredados aún en su mano.

-No!!! Juan!!! El niño no!!! El niño no!!!-. María puede soportar unos golpes, decenas de ellos si hiciera falta, pero su hijo no, eso no.

Sale de su escondite y se aferra a las piernas de Juan cómo un gato a un ratón. Solo consigue un nuevo golpe, esta vez acompañado de una patada que la deja sin aire. Desde el suelo ve la situación volteada hacia un lado. No le quedan fuerzas, le duele hasta el alma. 

Juan se acerca a Martín furioso.

El pobre niño suelta a toby; a sus pies, un charco de orina. Se intenta escapar poniendo rumbo a su habitación, allí estará a salvo, o eso quiere creer. Piensa que debería haber hecho caso y no salir, como otros tantos días. Pero lo que desconoce es que quizás esa falta de compromiso a lo prometido haya salvado la vida de su madre.

No le da tiempo a dar más de un par de pasos. Juan lo agarra del pelo y lo suspende en el aire unos segundos antes de lanzarlo por los aires.

El niño llorando y dolorido corre hacia su madre para esconderse en ella, como cualquier bebé haría. 

Juan lo intercepta antes y agarrandolo de la pechera lo vuelve a lanzar, está vez al sofá. 

El niño se hace bola y se esconde en ningún sitio.

Llora, grita, nadie lo ayuda.

-Juan!!!! Cabrón!! Hijo de Puta!!-. María sigue en el suelo, pero va recuperando el oxígeno, ya se permite incluso gritar.

De repente se ve la mano ensangrentada, un hilo grueso corre por su brazo derecho, junto a ella un pequeño charco. Se da cuenta de que en su mano conserva un trozo de plato que le ha abierto una herida en la palma de la misma, y de la que emana la sangre que la rodea.

“Me lo he hecho yo” piensa.

Juan vuelve a cargar contra Martín. Un guantazo, otro, y otro hasta que de repente para.

Algo le ha picado en el cuello. Se toca, se palpa, tiene algo clavado. 

Se da la vuelta como puede. Mira a María, que se encuentra de pie tras él toda magullada, con la cara llena de moratones y el pelo electrocutado. Sus lágrimas se mezclan con la saliva y la sangre.

Ella espera de pie, a que algo pase. No sabe exactamente el qué. 

Martín corre con su madre y se agarra a su pierna. La pone de escudo y mira a través del hueco entre sus rodillas.

Juan empieza a tambalearse.

-Puta-. Es la última palabra que dirá en su vida.

Cae desplomado al suelo para no volver a levantarse jamás. Nunca.

Contra el maltrato, tolerancia 0.

No hay que esperar a tener ni un solo día malo, ni siquiera uno regular.

No dejes que traspase ni un milímetro esa línea, o estarás perdida. Busca ayuda si lo necesitas. Nunca es tarde.

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Gracias a quien lo lea. Mil gracias al que comente y comparta.

Publicado por Sandro Rodríguez

Policía Local en la ciudad de Melilla. Escritor de pequeños relatos y actualmente dando forma a mi primera novela. Gracias a todos por molestaros en pasar por aquí. Facebook: Sandro Rodríguez García Twitter: Sandro_1988 Instagram: Sandro_melilla

12 comentarios sobre “María (violencia de género)

  1. Por desgracia incontables mujeres se sentirán identificadas con un relato que con cada renglón te llena de sentimientos y de una gran impotencia, espero y deseo que sirva para que sumes tu granito de arena a qué pare esta lacra social que es la violencia de cualquier forma y manera💗
    Pd: me encanta leerte 😘😘

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  2. Aún con ese final, se me ha quedado el cuerpo “cortao” en una mezcla de angustia y miedo.
    Sólo me retumba la idea del infierno que sería vivir todo eso en primera persona.

    Felicidades!! y que siga rodando.

    Le gusta a 1 persona

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