Álvaro

Antes de empezar con el relato, quiero recalcar que se trata de una historia muy real, acontecida hace apenas unos días y protagonizada por mi compañero y buen amigo Álvaro Carasusán. Todo un héroe y un ejemplo a seguir. Enhorabuena.

Aquella mañana el cielo estaba pintado de un triste gris plomizo y las nubes copaban todo el azul del cielo, dejando pasar apenas unos tímidos rayos de sol.

Como muchos otros días, Álvaro sale en bicicleta aquella mañana a entrenar, ajeno totalmente al duro examen que la vida le tiene preparado aquella jornada. 

Álvaro y su compañero circulan a buena velocidad por los pinos, van a buen ritmo, aunque ahora queda lo más duro, bajar Aguadú.

Las bajadas no son lo suyo, así que se lo toma con cautela, no deja de ser un simple entrenamiento y no merece la pena arriesgar más de la cuenta. 

Arriesgar, iluso de él.

Siempre le gusta bajar a Aguadú. Aquellas vistas mientras se bajan esas curvas zigzagueantes son canela en rama. El día no es el idóneo, está gris y pesado, pero aún así las vistas son inmejorables.

Desde arriba se puede ver que la mar si disfruta de la jornada. El levante hace mover las olas con fuerza, sin un patrón establecido, simplemente un mar caótico chocando una y otra vez contra sí mismo.

Una curva, otra, ya están casi abajo.

De repente algo rompe su concentración. Una voz, un aullido, un grito, no lo sabe demasiado bien.

Última curva antes de llegar al llano. Las voces se multiplican y el sonido le empieza a acelerar demasiado el corazón. No suena bien todo aquello.

Salvada la última curva se topa literalmente con una docena de chiquillos, todos ellos desordenados en sus ruegos, algunos no hablan español, otros si, pero todo se mezcla en un idioma imposible de entender. 

Al final, entre gritos, llantos y alguna señal aclaratoria, lo entiende. 

Hay alguien en el agua. Ahogándose.

El pulso se le para, o se le pone a mil, no sabe. Solo siente un fuerte pinchazo en su pecho, en su corazón. 

Durante unos segundos no existe nada, el mundo se para y se vuelve oscuridad y Álvaro con él. Siente su cuerpo congelado, incapaz de moverse, de reaccionar. Lo que para él fue toda una eternidad fueron apenas unos pocos segundos.

Lo tiene claro, siempre lo tuvo. 

Sin pensárselo un segundo, deja sus pertenencias a su amigo, al que le insta ir a llamar a la Guardia Civil.

Su amigo, obedece y corre a buscar ayuda. Si tarda demasiado quizás Álvaro pueda tener un desenlace fatal.

Se acerca a las rocas acompañado por los muchachos que gritan sin parar señalando a su amigo que flota a la deriva.

Rápidamente lo ve, una mancha negra en la mezcla de azules y verdes que aquella mañana pinta el mar.

No se mueve demasiado, más bien flota sin rumbo, como una tabla en el naufragio de cualquier barco de poca monta.

No piensa en quién es, ni en qué edad tiene, en sí tiene familia o no, o en sí es blanco o negro, solo piensa, como buen policía que es, en que es una vida como otra cualquiera. Una vida que la mar se está tragando, una vida que se ahoga entre tanta agua salada. 

Álvaro no lo duda y se tira de cabeza. En ese momento quizás no lo sabe, pero está exponiendo su propia vida a cambio de salvar otra desconocida.

——-

Y es aquí, en estas situaciones tan excepcionales donde se ve la grandeza que aún alberga la raza humana, o más bien unas pocas personas.

El ser humano es egoísta per se, nadie cambia duros a cuatro pesetas, y muy pocos actúan de manera altruista. Nuestro protagonista es uno de ellos, y se merece cualquier reconocimiento, público o privado.

Chapó.

Perdonen el inciso, continuemos.

——

Atraviesa el agua como cuchillo caliente en mantequilla, es un buen nadador, y eso lo llena de confianza. 

Cree verdaderamente en poder salvar la vida de aquel niño.

La mar está fría y revuelta, pero él ni se entera, tiene el objetivo a pocos metros, pero llegar cuesta un mundo. Parecen kilómetros.

Nada durante un rato, lo que en condiciones idílicas le llevaría treinta segundos con aquel levante le lleva varios minutos. 

Evita las olas como puede. La corriente lo lleva de un lado a otro complicando aún más su visibilidad. 

Lo que veía tan claro desde arriba, una vez abajo se vuelve confuso y desdibujado. 

De vez en cuando pierde de vista aquella mancha negra entre tanto azul y verde, pero nunca lo pierde del todo, y sigue remando y remando como si de salvar a su propio hijo se tratara.

Por fin llega al niño, o más bien podríamos decir al jóven, resulta ser más grande y corpulento que él. Siente su propio cuerpo algo pesado, pero la adrenalina circula por su cuerpo liberando fuerza y energía para poder salir ambos con vida de aquella trampa tan espumosa como mortal.

Agarra al niño al fin. 

Un alma cualquiera encerrada en una piel oscura. Un alma medio muerta, sin fuerzas ya para intentar salir de aquello. 

Lo poco que llega a sentir aquel joven desahuciado, es agua y sal entrando por cada poro y agujero de su cuerpo. 

Se ha rendido hace ya unos segundos, y su cuerpo flota sin más por el angosto mar salvaje.

La tarea de salvamento se complica mucho; el chaval, aunque deja hacerse, es un peso muerto, apenas está consciente y Álvaro tiene que hacer todo el trabajo.

De momento tiene energías y fuerzas y consigue acercarse mínimamente a las rocas que lo separan de la vida, de la luz, de la salvación.

No hay manera de subirlo, él lo tiene que levantar a pulso para que el oxígeno pueda penetrar en sus ya encharcados pulmones. Puede ser la diferencia entre sacarlo vivo o sacarlo bajo una manta.

Las fuerzas empiezan a flaquear y nota que le cuesta cada vez más tener su cabeza totalmente fuera del agua. 

El chico comienza a hundirse más a menudo y el agua empieza a entrar también en Álvaro. La nota salada; es el sabor de la decepción, del riesgo, del peligro, incluso de la muerte.

Sus amigos esperan arriba, apenas los separan unos metros, pero esos metros se convierten en decenas de ellos cuando el mar ve que lo están venciendo. Retrocede y embiste con fuerza las rocas, exhibiendo su brutal fuerza devastadora. Regalando miedo a cualquier insensato que ose desafiarlo. 

Los jóvenes consiguen hacer desesperadamente una cuerda con sus desgastados ropajes, y la lanzan al agua a modo de salvavidas rezando para que su amigo salga con vida de aquel, cada vez más, complicado panorama. 

Álvaro empieza a tener serios problemas y no ve la manera de subirlo con sus amigos, de sacarlo de aquella pesadilla. Un mal cálculo y las olas lo podrían noquear contra las rocas, teniendo que sacar posiblemente dos cuerpos sin vida de aquel encabritado mar.

Se aferra al improvisado salvavidas, pero los nudos de los ropajes de deshacen como empieza a hacerlo también su esperanza. Una vil y triste metáfora de todo aquello.

Después de más de quince minutos luchando de tú a tú con aquel coloso de vestimenta espumosa empieza a tragar agua de manera constante, sus piernas comienzan a estar más tiempo paradas que en movimiento y por primera vez piensa que es posible no poder salvar al chaval.

A pesar de todo no suelta a aquella persona que se debate entre la vida y la muerte. Solo sus brazos lo separan de hundirse hasta el fondo del mar.

Alza la vista al cielo buscando algo, no sabe el qué, un ángel quizás. Y algo aparece entre la multitud agolpada en las rocas. Su amigo está de vuelta. Lo ve desde abajo como el que ve a Dios. Piensa que si algo le pasa, él no dudará en saltar. Y antes incluso de pedir ayuda, su amigo ya está en el agua, y entre los dos terminan de subir a aquella alma de nuevo a tierra firme. 

Por último salen los héroes, no sin antes recibir las últimas cuchilladas del mar.

Sin capas ni antifaces, salen del agua con sus rostros desnudos, igual que sus cuerpos, todo arañados y magullados evidenciando el duro combate vivido.  Pocas veces se gana cuando te enfrentas a una bestia de tal calibre.

Hoy han ganado y el mar ruge enfadado. Hoy salen por su propio pie. Le han robado un vida al mar, y este no olvida.

Ya en tierra firme toman aire por un instante, recuperan las pulsaciones a un número decente para no sufrir un infarto. 

Él nota su corazón a doscientos, apenas puede mantenerse en pie y sus piernas, simplemente no responden.

El chico tampoco lo hace, respira levemente pero no está consciente. Al menos sigue vivo.

Ha tragado más agua de la que cualquiera pudiera aguantar. Ni ellos se imaginan cuanta.

Le realizan las maniobras que tan bien conocen debido a sus profesiones, al menos hasta que llegue la ambulancia. No lo saben, pero algo tan básico como aquellas pequeñas maniobras seguramente hayan terminado por salvar la vida de aquella persona.

Una lancha de la Guardia Civil vuela sobre el agua, apenas tocando la superficie, llega lo más rápido que puede. La ambulancia también llega por fin. Todo es un caos; sirenas y gritos por todos lados.

El chico tumbado en posición lateral y rodeado por sus amigos, se aferra con todas sus fuerzas a la vida. Está vivo, y pronto se recuperará completamente. 

La ambulancia se lo lleva a toda prisa. El sonido de las sirenas cierra el telón de esta heroica y altruista intervención.

Álvaro sube andando junto a su bicicleta el último tramo hasta coronar aquel minúsculo puerto. Sus piernas y su corazón no dan para más.

Alza la vista desde arriba y observa cómo el cielo sigue igual de gris. Más abajo yace un mar enrabietado. 

“Lo siento amigo mío, hoy he ganado.”

FIN

Publicado por Sandro Rodríguez

Policía Local en la ciudad de Melilla. Escritor de pequeños relatos y actualmente dando forma a mi primera novela. Gracias a todos por molestaros en pasar por aquí. Facebook: Sandro Rodríguez García Twitter: Sandro_1988 Instagram: Sandro_melilla

6 comentarios sobre “Álvaro

  1. Una gran actuación de dos grandes personas y profesionales loables por dónde se mire y no menos grande el relato que nos regala Sandro.
    No conocía esta faceta tuya pero no me extraña por lo poco que te conozco, espero tener ocasión de poder leer tu novela en la que trabajas. Un saludo.

    Me gusta

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